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Como me sucede tan a menudo, el sábado utilicé tantas palabras para decirte lo que siento que terminé hablando de nada. Supongo que se debe a que extraño tanto tu presencia, tu complicidad, el hecho de que sepas mejor que yo lo que pienso (ese "te entiendo", formulado antes de terminar una frase), que cualquier excusa para retener tu voz un segundo más hace que diga las incoherencias más absurdas.

En estas semanas de soledad he desarrollado una curiosa capacidad canina: todo me parece una señal, un signo que debe interpretarse. Incluso llegué a atribuirme canciones que no fueron pensadas ni dedicadas para mi. Todo esto suena patético, y lo es, seamos sinceros. Patético y grotesco. No en el sentido que con tanta liviandad suelen usar las películas del norte. En todo caso, mi patetismo es un tanto más refinado. Aquí pienso en el pathèticus latino, o en el παθητικός griego, dónde ambos designan el sublime vehículo que permite al hombre ser uno con el dolor y la tristeza. Así me siento: Patética, pero culta, eso si.

Escucharte me hizo bien, no tanto esos sonidos perturbadores que pretenden ser el de las aves, pero que para el oyente suenan más a gallinas siendo degolladas. Más allá de esto, sentir tu voz, tu risa, tus suspiros, tus movimientos inquietos del otro lado del teléfono, me llenan de una gratitud infinita por la vida. Me alegra sentir que soy capaz de ser feliz por ti, porque significa que todavía tengo algo de humano, que no todo es penumbra, y aunque todavía no sea capaz de ver la luz, es agradable sentir esa calidez, la tibia fuerza de un sol velado fluyendo a través de tus palabras.

Decir que te amo y escuchar un suspiro como respuesta.

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